
Amadísimos hermanos y amigos:
1. "Que Dios (...) ilumine los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos" (Ef 1, 18).
Este es el deseo que san Pablo eleva al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, en el pasaje de la carta a los Efesios que acabamos de proclamar.
Nunca agradeceremos suficientemente a Dios, nuestro Padre, este inmenso tesoro de esperanza y de gloria que nos ha regalado en su Hijo Jesús. Debemos dejarnos iluminar continuamente por él, para conocer cada vez más profundamente este misterioso don suyo.

