El mundo tiene necesidad de Dios. La persona humana que vive apartada de Dios, si en medio del bullicio de mundo moderno, consigue unos momentos de silencio y tiene el coraje de escuchar el clamor mas íntimo de su interior, mas pronto o mas tarde, se dará cuenta de la necesidad de encontrar sentido a su vida.
En la familia, en la vida de la pareja y en sus hijos es donde se hacen mas sensibles y dolorosas la consecuencia de la crisis de valores que hoy padecen nuestras sociedades occidentales. Crisis que ha afectado también las convicciones y prácticas religiosas.
Dios no es admitido en muchos hogares. Hasta incluso de familias que se han casado en la Iglesia y que envían a sus hijos a la catequesis parroquial. No se reza en casa, ni se habla a los hijos de Dios, ni de su santa Madre. Han renunciado a ser «Iglesia doméstica». Según la expresión del Concilio Vaticano II. Lejos de Dios es muy grande el riesgo de romper un compromiso de un vínculo de amor fiel con gran perjuicio para los hijos.
En vez de encerrarse en inútiles lamentaciones, los matrimonios cristianos deben velar para mantener, contentos y agradecidos, el don del amor esponsal, que consagrado por el sacramento, los hizo ser signo sagrado del amor de Cristo a la Iglesia. Hay que creer mas en la fuerza transformadora de este amor y confiar y tener coraje para dar testimonio del gozo de la fidelidad en medio de todas las contrariedades y envestidas de la cultura materialista, que todo lo relativiza y somete al empeño y delirio del tener mas para poder gozar cada vez mas.
Tenemos que estar convencidos que el legado cristiano que hemos recibido en la Iglesia puede hacer fermentar muchas culturas.
También la que hoy vemos nacer y a veces nos desconcierta. Hay muchos valores escondidos en nuestra realidad eclesial. A veces nos expresamos con términos de un cierto desencanto o cansancio. Pero hay que reconocer que tenemos cristianos y cristianas en todos los estados de vida, ricos espiritualmente, generosos, de una extraordinaria fineza evangélica.
La evangelización que nos urge pide que todos contemos con todos, y que no rompamos la caña quebrada ni apaguemos la mecha que aún humea. La casa del Padre, La Iglesia tiene que estar siempre abierta y acogedora.
La jornada diocesana de pastoral familiar que se celebra este Domingo quiere suscitar esperanza y coraje cristiano para promover, cada uno es su propio ambiente familiar y social, los valores del matrimonio y de la familia, en la perspectiva de Jesús y según la propuesta de su Evangelio.
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