«(...) Es cada vez más necesario procurar que las distintas formas de catequesis y sus diversos campos —empezando por la forma fundamental, que es la catequesis «familiar», es decir, la catequesis de los padres a sus propios hijos— atestigüen la participación universal de todo el Pueblo de Dios en el oficio profético de Cristo mismo».
Redemptor hominis, n. 19
En estaprimera encíclica de su pontificado, el Siervo de Dios SS Juan Pablo IIestablece las líneas maestras que desarrollaría a lo largo de sus más de 25años a cargo de la Iglesia. A continuación reproducimos su texto completo enespañol.
Carta encíclica Redemptor hominis
A los venerablesHermanos en el Episcopado, a los Sacerdotes, a las Familias religiosas, a losHijos e Hijas de la Iglesia y a todos los Hombres de Buena Voluntad alprincipio de su Ministerio Pontifical, 3 de abril de 1979
I. HERENCIA
Venerables Hermanos y Hermanas, Amadísimos Hijos eHijas: Salud y Bendición Apostólica
1. A finalesdel segundo Milenio
EL REDENTORDEL HOMBRE, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia. A Él sevuelven mi pensamiento y mi corazón en esta hora solemne que está viviendo la Iglesiay la entera familia humana contemporánea. En efecto, este tiempo en el que,después del amado Predecesor Juan Pablo I, Dios me ha confiado por misteriosodesignio el servicio universal vinculado con la Cátedra de San Pedro en Roma,está ya muy cercano al año dos mil. Es difícil decir en estos momentos lo queese año indicará en el cuadrante de la historia humana y cómo será para cadauno de los pueblos, naciones, países y continentes, por más que ya desde ahorase trate de prever algunos acontecimientos. Para la Iglesia, para el Pueblo deDios que se ha extendido —aunque de manera desigual— hasta los más lejanosconfines de la tierra, aquel año será el año de un gran Jubileo. Nos estamosacercando ya a tal fecha que —aun respetando todas las correcciones debidas ala exactitud cronológica— nos hará recordar y renovar de manera particular laconciencia de la verdad-clave de la fe, expresada por San Juan al principio desu evangelio: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros»,1 y en otro pasaje: «Porque tanto amó Diosal mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él noperezca, sino que tenga la vida eterna».2
Tambiénnosotros estamos, en cierto modo, en el tiempo de un nuevo Adviento, que estiempo de espera: «Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo anuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, noshabló por su Hijo...»,3 por medio del Hijo-Verbo, que se hizohombre y nació de la Virgen María. En este acto redentor, la historia delhombre ha alcanzado su cumbre en el designio de amor de Dios. Dios ha entradoen la historia de la humanidad y en cuanto hombre se ha convertido en sujetosuyo, uno de los millones y millones, y al mismo tiempo Único. A través de laEncarnación, Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar alhombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva —de modo peculiara él solo, según su eterno amor y su misericordia, con toda la libertad divina—y a la vez con una magnificencia que, frente al pecado original y a toda lahistoria de los pecados de la humanidad, frente a los errores delentendimiento, de la voluntad y del corazón humano, nos permite repetir conestupor las palabras de la Sagrada Liturgia: «¡Feliz la culpa que mereció talRedentor!».4
2. Primeraspalabras del nuevo Pontificado
A CristoRedentor he elevado mis sentimientos y mi pensamiento el día 16 de octubre delaño pasado, cuando después de la elección canónica, me fue hecha la pregunta:«¿Aceptas?». Respondí entonces: «En obediencia de fe a Cristo, mi Señor,confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las gravesdificultades, acepto». Quiero hacer conocer públicamente esta mi respuesta atodos sin excepción, para poner así de manifiesto que con esa verdad primordialy fundamental de la Encarnación, ya recordada, está vinculado el ministerio,que con la aceptación de la elección a Obispo de Roma y Sucesor del ApóstolPedro, se ha convertido en mi deber específico en su misma Cátedra.
He escogidolos mismos nombres que había escogido mi amadísimo Predecesor Juan Pablo I. Enefecto, ya el día 26 de agosto de 1978, cuando él declaró al Sacro Colegio quequería llamarse Juan Pablo —un binomio de este género no tenía precedentes enla historia del Papado— divisé en ello un auspicio elocuente de la gracia parael nuevo pontificado. Dado que aquel pontificado duró apenas 33 días, me toca amí no solo continuarlo sino también, en cierto modo, asumirlo desde su mismopunto de partida. Esto precisamente quedó corroborado por mi elección deaquellos dos nombres. Con esta elección, siguiendo el ejemplo de mi veneradoPredecesor, deseo al igual que él expresar mi amor por la singular herenciadejada a la Iglesia por los Pontífices Juan XXIII y Pablo VI y al mismo tiempomi personal disponibilidad a desarrollarla con la ayuda de Dios.
A través deestos dos nombres y dos pontificados conecto con toda la tradición de esta SedeApostólica, con todos los Predecesores del siglo xx y de los siglos anteriores,enlazando sucesivamente, a lo largo de las distintas épocas hasta las másremotas, con la línea de la misión y del ministerio que confiere a la Sede dePedro un puesto absolutamente singular en la Iglesia. Juan XXIII y Pablo VIconstituyen una etapa, a la que deseo referirme directamente como a umbral, apartir del cual quiero, en cierto modo en unión con Juan Pablo I, proseguirhacia el futuro, dejándome guiar por la confianza ilimitada y por la obedienciaal Espíritu que Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia. Decía Él, enefecto, a los Apóstoles la víspera de su Pasión: «Os conviene que yo me vaya.Porque, si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero, si me fuere, oslo enviaré».5 «Cuando venga el Abogado que yo osenviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, éldará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio, porque desde elprincipio estáis conmigo».6 «Pero cuando viniere aquel, el Espíritu deverdad, os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sinoque hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras».7
3. Confianzaen el Espíritu de Verdad y de Amor
Con plenaconfianza en el Espíritu de Verdad entro pues en la rica herencia de losrecientes pontificados. Esta herencia está vigorosamente enraizada en laconciencia de la Iglesia de un modo totalmente nuevo, jamás conocidoanteriormente, gracias al Concilio Vaticano II, convocado e inaugurado por JuanXXIII y, después, felizmente concluido y actuado con perseverancia por PabloVI, cuya actividad he podido observar de cerca. Me maravillaron siempre suprofunda prudencia y valentía, así como su constancia y paciencia en el difícilperíodo posconciliar de su pontificado. Como timonel de la Iglesia, barca dePedro, sabía conservar una tranquilidad y un equilibrio providencial incluso enlos momentos más críticos, cuando parecía que ella era sacudida desde dentro,manteniendo una esperanza inconmovible en su compactibilidad. Lo que,efectivamente, el Espíritu dijo a la Iglesia mediante el Concilio de nuestrotiempo, lo que en esta Iglesia dice a todas las Iglesias8 no puede —a pesar de inquietudesmomentáneas— servir más que para una mayor cohesión de todo el Pueblo de Dios,consciente de su misión salvífica.
Precisamentede esta conciencia contemporánea de la Iglesia, Pablo VI hizo el tema primerode su fundamental Encíclica que comienza con las palabras Ecclesiam suam; aesta Encíclica séame permitido, ante todo, referirme en este primero y, por asídecirlo, documento inaugural del actual pontificado. Iluminada y sostenida porel Espíritu Santo, la Iglesia tiene una conciencia cada vez más profunda, searespecto de su misterio divino, sea respecto de su misión humana, seafinalmente respecto de sus mismas debilidades humanas: es precisamente estaconciencia la que debe seguir siendo la fuente principal del amor de estaIglesia, al igual que el amor por su parte contribuye a consolidar y profundizaresa conciencia. Pablo VI nos ha dejado el testimonio de esa profundísimaconciencia de Iglesia. A través de los múltiples y frecuentemente dolorososacontecimientos de su pontificado, nos ha enseñado el amor intrépido a laIglesia, la cual, como enseña el Concilio, es «sacramento, o sea signo einstrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el génerohumano».9
4. Enrelación con la primera Encíclica de Pablo VI
Precisamentepor esta razón, la conciencia de la Iglesia debe ir unida con una aperturauniversal, a fin de que todos puedan encontrar en ella «la insondable riquezade Cristo»,10 de que habla el Apóstol de las gentes.Tal apertura, orgánicamente unida con la conciencia de la propia naturaleza,con la certeza de la propia verdad, de la que dijo Cristo: «no es mía, sino delPadre que me ha enviado»,11 determina el dinamismo apostólico, esdecir, misionero de la Iglesia, profesando y proclamando íntegramente toda laverdad transmitida por Cristo. Ella debe conducir, al mismo tiempo, a aqueldiálogo que Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam suam llamó «diálogo de lasalvación», distinguiendo con precisión los diversos ámbitos dentro de loscuales debe ser llevado a cabo.12 Cuando hoy me refiero a este documentoprogramático del pontificado de Pablo VI, no ceso de dar gracias a Dios, porqueeste gran Predecesor mío y al mismo tiempo verdadero padre, no obstante lasdiversas debilidades internas que han afectado a la Iglesia en el períodoposconciliar, ha sabido presentar «ad extra», al exterior, su auténtico rostro.De este modo, también una gran parte de la familia humana, en los distintosámbitos de su múltiple existencia, se ha hecho, a mi parecer, más consciente decómo sea verdaderamente necesaria para ella la Iglesia de Cristo, su misión ysu servicio. Esta conciencia se ha demostrado a veces más fuerte que lasdiversas orientaciones críticas, que atacaban «ab intra», desde dentro, a laIglesia, a sus instituciones y estructuras, a los hombres de la Iglesia y a suactividad. Tal crítica creciente ha tenido sin duda causas diversas y estamosseguro, por otra parte, de que no ha estado siempre privado de un sincero amora la Iglesia. Indudablemente, se ha manifestado en él, entre otras cosas, latendencia a superar el así llamado triunfalismo, del que se discutíafrecuentemente en el Concilio. Pero si es justo que la Iglesia, siguiendo elejemplo de su Maestro que era «humilde de corazón»,13 esté fundada asimismo en la humildad,que tenga el sentido crítico respecto a todo lo que constituye su carácter y suactividad humana, que sea siempre muy exigente consigo misma, del mismo modo elcriticismo debe tener también sus justos límites. En caso contrario, deja deser constructivo, no revela la verdad, el amor y la gratitud por la gracia, dela que nos hacemos principal y plenamente partícipes en la Iglesia y mediantela Iglesia. Además el espíritu crítico no sería expresión de la actitud deservicio, sino más bien de la voluntad de dirigir la opinión de los demás segúnla opinión propia, divulgada a veces de manera demasiado desconsiderada.
Se debegratitud a Pablo VI porque, respetando toda partícula de verdad contenida enlas diversas opiniones humanas, ha conservado igualmente el equilibrioprovidencial del timonel de la Barca.14 La Iglesia que —a través de Juan PabloI— me ha sido confiada casi inmediatamente después de él, no está ciertamenteexenta de dificultades y de tensiones internas. Pero al mismo tiempo se sienteinteriormente más inmunizada contra los excesos del autocriticismo: se podríadecir que es más crítica frente a las diversas críticas desconsideradas, que esmás resistente respecto a las variadas «novedades», más madura en el espíritude discernimiento, más idónea a extraer de su perenne tesoro «cosas nuevas ycosas viejas»,15 más centrada en el propio misterio y,gracias a todo esto, más disponible para la misión de la salvación de todos:«Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de laverdad».16
5.Colegialidad y apostolado
Esta Iglesiaestá —contra todas las apariencias— mucho más unida en la comunión de servicioy en la conciencia del apostolado. Tal unión brota de aquel principio decolegialidad, recordado por el Concilio Vaticano II, que Cristo mismo injertóen el Colegio apostólico de los Doce con Pedro a la cabeza y que renuevacontinuamente en el Colegio de los Obispos, que crece cada vez más en toda latierra, permaneciendo unido con el Sucesor de San Pedro y bajo su guía. ElConcilio no solo ha recordado este principio de colegialidad de los Obispos,sino que lo ha vivificado inmensamente, entre otras cosas propiciando la instituciónde un organismo permanente que Pablo VI estableció al crear el Sínodo de losObispos, cuya actividad no solo ha dado una nueva dimensión a su pontificado,sino que se ha reflejado claramente después, desde los primeros días, en elpontificado de Juan Pablo I y en el de su indigno Sucesor.
El principiode colegialidad se ha demostrado particularmente actual en el difícil períodoposconciliar, cuando la postura común y unánime del Colegio de los Obispos —lacual, sobre todo a través del Sínodo, ha manifestado su unión con el Sucesor dePedro— contribuía a disipar dudas e indicaba al mismo tiempo los caminos justospara la renovación de la Iglesia, en su dimensión universal. Del Sínodo habrotado, entre otras cosas, ese impulso esencial para la evangelización que haencontrado su expresión en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi,17 acogida con tanta alegría como programade renovación de carácter apostólico y también pastoral. La misma línea se haseguido en los trabajos de la última sesión ordinaria del Sínodo de losObispos, que tuvo lugar casi un año antes de la desaparición del PontíficePablo VI y que fue dedicada —como es sabido— a la catequesis. Los resultados deaquellos trabajos requieren aún una sistematización y un enunciado por parte dela Sede Apostólica.
Dado queestamos tratando del evidente desarrollo de la forma en que se expresa lacolegialidad episcopal, hay que recordar al menos el proceso de consolidaciónde las Conferencias Episcopales Nacionales en toda la Iglesia y de otrasestructuras colegiales de carácter internacional o continental. Refiriéndonospor otra parte a la tradición secular de la Iglesia, conviene subrayar laactividad de los diversos Sínodos locales.
Fue enefecto idea del Concilio, coherentemente ejecutada por Pablo VI, que lasestructuras de este tipo, experimentadas desde hace siglos por la Iglesia, asícomo otras formas de colaboración colegial de los Obispos, por ejemplo, laprovincia eclesiástica, por no hablar ya de cada una de las diócesis, pulsasencon plena conciencia de la propia identidad y a la vez de la propiaoriginalidad, en la unidad universal de la Iglesia. El mismo espíritu decolaboración y de corresponsabilidad se está difundiendo también entre lossacerdotes, lo cual se confirma por los numerosos Consejos Presbiterales quehan surgido después del Concilio. Este espíritu se ha extendido asimismo entrelos laicos, confirmando no solo las organizaciones de apostolado seglar yaexistentes, sino también creando otras nuevas con perfil muchas veces distintoy con un dinamismo excepcional. Por otra parte, los laicos, conscientes de suresponsabilidad en la Iglesia, se han empeñado de buen grado en la colaboracióncon los Pastores, con los representantes de los Institutos de vida consagradaen el ámbito de los Sínodos diocesanos o de los Consejos pastorales en lasparroquias y en las diócesis.
Me esnecesario tener en la mente todo esto al comienzo de mi pontificado, para dargracias a Dios, para dar nuevos ánimos a todos los Hermanos y Hermanas y pararecordar además con viva gratitud la obra del Concilio Vaticano II y a misgrandes Predecesores que han puesto en marcha esta nueva «ola» de la vida de laIglesia, movimiento mucho más potente que los síntomas de duda, dederrumbamiento y de crisis.
6. Hacia launión de los cristianos
Y ¿qué decirde todas las iniciativas brotadas de la nueva orientación ecuménica? Elinolvidable Papa Juan XXIII, con claridad evangélica, planteó el problema de launión de los cristianos como simple consecuencia de la voluntad del mismoJesucristo, nuestro Maestro, afirmada varias veces y expresada de manera particularen la oración del Cenáculo, la víspera de su muerte: «para que todos sean uno,como tú, Padre, estás en mí y yo en ti».18 El Concilio Vaticano II respondió a estaexigencia de manera concisa con el Decreto sobre el ecumenismo. El Papa PabloVI, valiéndose de la actividad del Secretariado para la unión de los Cristianosinició los primeros pasos difíciles por el camino de la consecución de talunión. ¿Hemos ido lejos por este camino? Sin querer dar una respuesta concretapodemos decir que hemos conseguido unos progresos verdaderos e importantes. Unacosa es cierta: hemos trabajado con perseverancia, coherencia y valentía, y connosotros se han empeñado también los representantes de otras Iglesias y deotras Comunidades cristianas, por lo cual les estamos sinceramente reconocidos.Es cierto además que, en la presente situación histórica de la cristiandad ydel mundo, no se ve otra posibilidad de cumplir la misión universal de laIglesia, en lo concerniente a los problemas ecuménicos, que la de buscarlealmente, con perseverancia, humildad y con valentía, las vías de acercamientoy de unión, tal como nos ha dado ejemplo personal el Papa Pablo VI. Debemos portanto buscar la unión sin desanimarnos frente a las dificultades que puedenpresentarse o acumularse a lo largo de este camino; de otra manera no seremosfieles a la palabra de Cristo, no cumpliremos su testamento. ¿Es lícito correreste riesgo?
Hay personasque, encontrándose frente a las dificultades o también juzgando negativos losresultados de los trabajos iniciales ecuménicos, hubieran preferido echarseatrás. Algunos incluso expresan la opinión de que estos esfuerzos son dañosospara la causa del evangelio, conducen a una ulterior ruptura de la Iglesia,provocan confusión de ideas en las cuestiones de la fe y de la moral, abocan aun específico indiferentismo. Posiblemente será bueno que los portavoces de talesopiniones expresen sus temores; no obstante, también en este aspecto hay quemantener los justos límites. Es obvio que esta nueva etapa de la vida de laIglesia exije de nosotros una fe particularmente consciente, profunda yresponsable. La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento,disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentidoevangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significarrenunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdaddivina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia. A todos aquellosque por cualquier motivo quisieran disuadir a la Iglesia de la búsqueda de launidad universal de los cristianos hay que decirles una vez más: ¿Nos es lícitono hacerlo? ¿Podemos no tener confianza —no obstante toda la debilidad humana,todas las deficiencias acumuladas a lo largo de los siglos pasados— en lagracia de nuestro Señor, tal cual se ha revelado en los últimos tiempos através de la palabra del Espíritu Santo, que hemos escuchado durante elConcilio? Obrando así, negaríamos la verdad que concierne a nosotros mismos yque el Apóstol ha expresado de modo tan elocuente: «Mas por gracia de Dios soylo que soy, y la gracia que me confirió no resultó vana».19
Aunque demodo distinto y con las debidas diferencias, hay que aplicar lo que se ha dichoa la actividad que tiende al acercamiento con los representantes de lasreligiones no cristianas, y que se expresa a través del diálogo, los contactos,la oración comunitaria, la búsqueda de los tesoros de la espiritualidad humanaque —como bien sabemos— no faltan tampoco a los miembros de estas religiones.¿No sucede quizá a veces que la creencia firme de los seguidores de lasreligiones no cristianas, —creencia que es efecto también del Espíritu deverdad, que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo Místico— haga quedarcunfundidos a los cristianos, muchas veces tan dispuestos a dudar en lasverdades reveladas por Dios y proclamadas por la Iglesia, tan propensos alrelajamiento de los principios de la moral y a abrir el camino al permisivismoético? Es cosa noble estar predispuestos a comprender a todo hombre, a analizartodo sistema, a dar razón a todo lo que es justo; esto no significaabsolutamente perder la certeza de la propia fe,20 o debilitar los principios de la moral,cuya falta se hará sentir bien pronto en la vida de sociedades enteras,determinando entre otras cosas consecuencias deplorables.
II. EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
7. En elMisterio de Cristo
Si las víaspor las que el Concilio de nuestro siglo ha encaminado a la Iglesia —víasindicadas en su primera Encíclica por el llorado Papa Pablo VI— permanecen porlargo tiempo las vías que todos nosotros debemos seguir, a la vez, en estanueva etapa podemos justamente preguntarnos: ¿Cómo? ¿De qué modo hay queproseguir? ¿Qué hay que hacer a fin de que este nuevo adviento de la Iglesia,próximo ya al final del segundo milenio, nos acerque a Aquel que la SagradaEscritura llama: «Padre sempiterno», Pater futuri saeculi?21 Esta es la pregunta fundamental que elnuevo Pontífice debe plantearse, cuando, en espíritu de obediencia de fe,acepta la llamada según el mandato de Cristo dirigido más de una vez a Pedro:«Apacienta mis corderos»,22 que quiere decir: Sé pastor de mirebaño; y después: «... una vez convertido, confirma a tus hermanos». 23
Esprecisamente aquí, carísimos Hermanos, Hijos e Hijas, donde se impone unarespuesta fundamental y esencial, es decir, la única orientación del espíritu,la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es paranosotros esta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor delmundo. A Él nosotros queremos mirar, porque solo en Él, Hijo de Dios, haysalvación, renovando la afirmación de Pedro «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienespalabras de vida eterna».24
A través dela conciencia de la Iglesia, tan desarrollada por el Concilio, a todos losniveles de esta conciencia y a través también de todos los campos de laactividad en que la Iglesia se expresa, se encuentra y se confirma, debemostender constantemente a Aquel «que es la cabeza»,2526 a Aquel que es al mismo tiempo «elcamino, la verdad»27 y «la resurrección y la vida»,28 a Aquel que viéndolo nos muestra alPadre,29 a Aquel que debía irse de nosotros30 —se refiere a la muerte en Cruz ydespués a la Ascensión al cielo— para que el Abogado viniese a nosotros y sigaviniendo constantemente como Espíritu de verdad.31 En Él están escondidos «todos lostesoros de la sabiduría y de la ciencia»,32 y la Iglesia es su Cuerpo.33 La Iglesia es en Cristo como un«sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidadde todo el género humano»34 y de esto es Él la fuente. ¡Él mismo!¡Él, el Redentor! a Aquel «de quien todo procede y paraquien somos nosotros»,
La Iglesiano cesa de escuchar sus palabras, las vuelve a leer continuamente, reconstruyecon la máxima devoción todo detalle particular de su vida. Estas palabras sonescuchadas también por los no cristianos. La vida de Cristo habla al mismo tiempoa tantos hombres que no están aún en condiciones de repetir con Pedro: «Tú eresel Mesías, el Hijo de Dios vivo».35 Él, Hijo de Dios vivo, habla a loshombres también como Hombre: es su misma vida la que habla, su humanidad, sufidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla además su muerte enCruz, esto es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono. LaIglesia no cesa jamás de revivir su muerte en Cruz y su Resurrección, queconstituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En efecto, pormandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente laEucaristía, encontrando en ella la «fuente de la vida y de la santidad»,36 el signo eficaz de la gracia y de lareconciliación con Dios, la prenda de la vida eterna. La Iglesia vive sumisterio, lo alcanza sin cansarse nunca y busca continuamente los caminos paraacercar este misterio de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, alas naciones, a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre enparticular, como si repitiese siempre a ejemplo del Apóstol: «que nunca entrevosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y estecrucificado».37 La Iglesia permanece en la esfera delmisterio de la Redención que ha llegado a ser precisamente el principiofundamental de su vida y de su misión
8.Redención: creación renovada
¡Redentordel mundo! En Él se ha revelado de un modo nuevo y más admirable la verdadfundamental sobre la creación que testimonia el Libro del Génesis cuando repitevarias veces: «Y vio Dios ser bueno».38 El bien tiene su fuente en la Sabiduríay en el Amor. En Jesucristo, el mundo visible, creado por Dios para el hombre39 —el mundo que, entrando el pecado estásujeto a la vanidad— 40 adquiere nuevamente el vínculo originalcon la misma fuente divina de la Sabiduría y del Amor. En efecto, «amó Diostanto al mundo, que le dio su unigénito Hijo».41 Así como en el hombre-Adán este vínculoquedó roto, así en el Hombre-Cristo ha quedado unido de nuevo.42 ¿ Es posible que no nos convenzan, anosotros hombres del siglo XX, las palabras del Apóstol de las gentes,pronunciadas con arrebatadora elocuencia, acerca de «la creación entera quehasta ahora gime y siente dolores de parto»43 y «está esperando la manifestación delos hijos de Dios»,44 acerca de la creación que está sujeta ala vanidad? El inmenso progreso, jamás conocido, que se ha verificadoparticularmente durante este nuestro siglo, en el campo de dominación del mundopor parte del hombre, ¿no revela quizá el mismo, y por lo demás en un gradojamás antes alcanzado, esa multiforme sumisión «a la vanidad»? Baste recordaraquí algunos fenómenos como la amenaza de contaminación del ambiente natural enlos lugares de rápida industrialización, o también los conflictos armados queexplotan y se repiten continuamente, o las perspectivas de autodestrucción através del uso de las armas atómicas: al hidrógeno, al neutrón y similares, lafalta de respeto a la vida de los no-nacidos. El mundo de la nueva época, elmundo de los vuelos cósmicos, el mundo de las conquistas científicas ytécnicas, jamás logradas anteriormente, ¿no es al mismo tiempo que «gime ysufre»45 y «está esperando la manifestación delos hijos de Dios»?46
El ConcilioVaticano II, en su análisis penetrante «del mundo contemporáneo», llegaba alpunto más importante del mundo visible: el hombre bajando —como Cristo— a loprofundo de las conciencias humanas, tocando el misterio interior del hombre,que en el lenguaje bíblico, y no bíblico también, se expresa con la palabra«corazón». Cristo, Redentor del mundo, es Aquel que ha penetrado, de modo únicoe irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su «corazón».Justamente pues enseña el Concilio Vaticano II: «En realidad el misterio delhombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, elprimer hombre, era figura del que había de venir (Rom 5, 14), es decir,Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación delmisterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombrey le descubre la sublimidad de su vocación». Y más adelante: «Él, que es imagende Dios invisible (Col 1, 15), es también el hombre perfecto, que hadevuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primerpecado. En él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevadatambién en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encarnación, seha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensócon inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la VirgenMaría, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo anosotros, excepto en el pecado».47 ¡Él, el Redentor del hombre!
9. Dimensióndivina del misterio de la Redención
Alreflexionar nuevamente sobre este texto maravilloso del Magisterio conciliar,no olvidamos ni por un momento que Jesucristo, Hijo de Dios vivo, se haconvertido en nuestra reconciliación ante el Padre.48 Precisamente Él, solamente Él ha dadosatisfacción al amor eterno del Padre, a la paternidad que desde el principiose manifestó en la creación del mundo, en la donación al hombre de toda lariqueza de la creación, en hacerlo «poco menor que Dios»,49 en cuanto creado «a imagen y semejanzade Dios»;50 e igualmente ha dado satisfacción a lapaternidad de Dios y al amor, en cierto modo rechazado por el hombre con laruptura de la primera Alianza51 y de las posteriores que Dios «haofrecido en diversas ocasiones a los hombres».52 La redención del mundo —ese misteriotremendo del amor, en el que la creación es renovada53— es en su raíz más profunda «la plenitudde la justicia en un Corazón humano: en el Corazón del Hijo Primogénito, paraque pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales,precisamente en el Hijo Primogénito, han sido predestinados desde la eternidada ser hijos de Dios54 y llamados a la gracia, llamados alamor. La Cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Jesucristo —Hombre, Hijode María Virgen, hijo putativo de José de Nazaret— «deja» este mundo, es almismo tiempo una nueva manifestación de la eterna paternidad de Dios, el cualse acerca de nuevo en Él a la humanidad, a todo hombre, dándole el tres vecessanto «Espíritu de verdad».55
Con estarevelación del Padre y con la efusión del Espíritu Santo, que marcan un selloimborrable en el misterio de la Redención, se explica el sentido de la cruz yde la muerte de Cristo. El Dios de la creación se revela como Dios de laredención, como Dios que es fiel a sí mismo,56 fiel a su amor al hombre y al mundo, yarevelado el día de la creación. El suyo es amor que no retrocede ante nada delo que en él mismo exige la justicia. Y por esto al Hijo «a quien no conoció elpecado le hizo pecado por nosotros para que en Él fuéramos justicia de Dios».57 Si «trató como pecado» a Aquel queestaba absolutamente sin pecado alguno, lo hizo para revelar el amor que essiempre más grande que todo lo creado, el amor que es Él mismo, porque «Dios esamor».58 Y sobre todo el amor es más grande queel pecado, que la debilidad, que la «vanidad de la creación»,59 más fuerte que la muerte; es amorsiempre dispuesto a aliviar y a perdonar, siempre dispuesto a ir al encuentrocon el hijo pródigo,6061 que están llamados a la gloria.62 Esta revelación del amor es definidatambién misericordia,63 y tal revelación del amor y de lamisericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre: se llamaJesucristo. siempre a la búsqueda de la«manifestación de los hijos de Dios»,
10.Dimensión humana del misterio de la Redención
El hombre nopuede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vidaestá privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con elamor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente.Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revelaplenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— ladimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombrevuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad.En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo esnuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo! «Ya no es judío ni griego: ya no esesclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno enCristo Jesús».64 El hombre que quiere comprenderse hastael fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio serinmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con suinquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con suvida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Élcon todo su ser, debe «apropiarse» y asimilar toda la realidad de laEncarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en éleste hondo proceso, entonces él da frutos no solo de adoración a Dios, sinotambién de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre alos ojos del Creador, si ha «merecido tener tan grande Redentor»,65 si «Dios ha dado a su Hijo», a fin deque él, el hombre, «no muera sino que tenga la vida eterna»!66
En realidad,ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llamaEvangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este estuporjustifica la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá aún más, «en elmundo contemporáneo». Este estupor y al mismo tiempo persuasión y certeza queen su raíz profunda es la certeza de la fe, pero que de modo escondido ymisterioso vivifica todo aspecto del humanismo auténtico, está estrechamentevinculado con Cristo. Él determina también su puesto, su —por así decirlo—particular derecho de ciudadanía en la historia del hombre y de la humanidad.La Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabecon toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de laCruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de suexistencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado.Por esta razón la Redención se ha cumplido en el misterio pascual que a travésde la cruz y la muerte conduce a la resurrección.
El cometidofundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestraes dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia detoda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres atener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en CristoJesús. Contemporáneamente, se toca también la más profunda obra del hombre, laesfera —queremos decir— de los corazones humanos, de las conciencias humanas yde las vicisitudes humanas.
11. ElMisterio de Cristo en la base de la misión de la Iglesia y del cristianismo
El ConcilioVaticano II ha llevado a cabo un trabajo inmenso para formar la concienciaplena y universal de la Iglesia, a la que se refería el Papa Pablo VI en suprimera Encíclica. Tal conciencia —o más bien, autoconciencia de la Iglesia— seforma «en el diálogo», el cual, antes de hacerse coloquio, debe dirigir lapropia atención al «otro», es decir, a aquel con el cual queremos hablar. ElConcilio ecuménico ha dado un impulso fundamental para formar la autoconcienciade la Iglesia, dándonos, de manera tan adecuada y competente, la visión del orbeterrestre como de un «mapa» de varias religiones. Además, ha demostrado cómo aeste mapa de las religiones del mundo se sobrepone en estratos —antes nuncaconocidos y característicos de nuestro tiempo— el fenómeno del ateísmo en susdiversas formas, comenzando por el ateísmo programado, organizado yestructurado en un sistema político.
Por lo quese refiere a la religión, se trata ante todo de la religión como fenómenouniversal, unido a la historia del hombre desde el principio; seguidamente delas diversas religiones no cristianas y finalmente del mismo cristianismo. Eldocumento conciliar dedicado a las religiones no cristianas estáparticularmente lleno de profunda estima por los grandes valores espirituales,es más, por la primacía de lo que es espiritual y que en la vida de lahumanidad encuentra su expresión en la religión y después en la moralidad querefleja en toda la cultura. Justamente los Padres de la Iglesia veían en lasdistintas religiones como otros tantos reflejos de una única verdad «como gérmenesdel Verbo»,67 los cuales testimonian que, aunque pordiversos caminos, está dirigida sin embargo en una única dirección la másprofunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda deDios y al mismo tiempo en la búsqueda, mediante la tensión hacia Dios, de laplena dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana.El Concilio ha dedicado una atención especial a la religión judía, recordandoel gran patrimonio espiritual y común a los cristianos y a los judíos, y haexpresado su estima hacia los creyentes del Islam, cuya fe se refiere también aAbrahán. Es sabido por otra parte que la religión de Israel tiene un pasado encomún con la historia del cristianismo: el pasado relativo a la AntiguaAlianza.68
Con laapertura realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia y todos loscristianos han podido alcanzar una conciencia más completa del misterio deCristo, «misterio escondido desde los siglos»69 en Dios, para ser revelado en el tiempo:en el Hombre Jesucristo, y para revelarse continuamente, en todos los tiempos.En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se haacercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, elhombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, delvalor transcendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia.
Es necesariopor tanto que todos nosotros, cuantos somos seguidores de Cristo, nosencontremos y nos unamos en torno a Él mismo. Esta unión, en los diversossectores de la vida, de la tradición, de las estructuras y disciplinas de cadauna de las Iglesias y Comunidades eclesiales, no puede actuarse sin un valiosotrabajo que tienda al conocimiento recíproco y a la remoción de los obstáculosen el camino de una perfecta unidad. No obstante podemos y debemos, ya desdeahora, alcanzar y manifestar al mundo nuestra unidad: en el anuncio delmisterio de Cristo, en la revelación de la dimensión divina y humana también dela Redención, en la lucha con perseverancia incansable en favor de estadignidad que todo hombre ha alcanzado y puede alcanzar continuamente en Cristo,que es la dignidad de la gracia de adopción divina y también dignidad de laverdad interior de la humanidad, la cual —si ha alcanzado en la concienciacomún del mundo contemporáneo un relieve tan fundamental— sobresale aún máspara nosotros a la luz de la realidad que es él: Cristo Jesús.
Jesucristoes principio estable y centro permanente de la misión que Dios mismo haconfiado al hombre. En esta misión debemos participar todos, en ella debemosconcentrar todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria más que nunca alhombre de nuestro tiempo. Y si tal misión parece encontrar en nuestra épocaoposiciones más grandes que en cualquier otro tiempo, tal circunstanciademuestra también que es en nuestra época aún más necesaria y —no obstante lasoposiciones— es más esperada que nunca. Aquí tocamos indirectamente el misteriode la economía divina que ha unido la salvación y la gracia con la Cruz. No envano Jesucristo dijo que el «reino de los cielos está en tensión, y losesforzados lo arrebatan»;70 y además que «los hijos de este sigloson más avisados... que los hijos de la luz».71 Aceptamos gustosamente este reprochepara ser como aquellos «violentos de Dios» que hemos visto tantas veces en lahistoria de la Iglesia y que descubrimos todavía hoy para unirnosconscientemente a la gran misión, es decir: revelar a Cristo al mundo, ayudar atodo hombre para que se encuentre a sí mismo en él, ayudar a las generacionescontemporáneas de nuestros hermanos y hermanas, pueblos, naciones, estados,humanidad, países en vías de desarrollo y países de la opulencia, a todos endefinitiva, a conocer las «insondables riquezas de Cristo»,72 porque estas son para todo hombre yconstituyen el bien de cada uno.
12. Misiónde la Iglesia y libertad del hombre
En estaunión la misión, de la que decide sobre todo Cristo mismo, todos los cristianosdeben descubrir lo que les une, incluso antes de que se realice su plenacomunión. Esta es la unión apostólica y misionera, misionera y apostólica.Gracias a esta unión podemos acercarnos juntos al magnífico patrimonio del espírituhumano, que se ha manifestado en todas las religiones, como dice la Declaracióndel Concilio Vaticano II Nostra aetate.73 Gracias a ella, nos acercamos igualmentea todas las culturas, a todas las concepciones ideológicas, a todos los hombresde buena voluntad. Nos aproximamos con aquella estima, respeto y discernimientoque, desde los tiempos de los Apóstoles, distinguía la actitud misioneray del misionero. Basta recordar a San Pablo y, por ejemplo, su discursoen el Areópago de Atenas.74 La actitud misionera comienzasiempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que «en el hombrehabía»,75 por lo que él mismo, en lo íntimo de suespíritu, ha elaborado respecto a los problemas más profundos e importantes; setrata de respeto por todo lo que en él ha obrado el Espíritu, que «sopla dondequiere».76 La misión no es nunca una destrucción,sino una purificación y una nueva construcción por más que en la práctica nosiempre haya habido una plena correspondencia con un ideal tan elevado. Laconversión que de ella ha de tomar comienzo, sabemos bien que es obra de lagracia, en la que el hombre debe hallarse plenamente a sí mismo.
Por esto laIglesia de nuestro tiempo da gran importancia a todo lo que el ConcilioVaticano II ha expuesto en la Declaración sobre la libertad religiosa, tantoen la primera como en la segunda parte del documento.77 Sentimos profundamente el carácterempeñativo de la verdad que Dios nos ha revelado. Advertimos en particular elgran sentido de responsabilidad ante esta verdad. La Iglesia, por instituciónde Cristo, es su custodia y maestra, estando precisamente dotada de unasingular asistencia del Espíritu Santo para que pueda custodiarla fielmente yenseñarla en su más exacta integridad.78 Cumpliendo esta misión, miramos a Cristomismo, que es el primer evangelizador79 y miramos también a los Apóstoles,Mártires y Confesores. La Declaración sobre la libertad religiosa nosmuestra de manera convincente cómo Cristo y, después sus Apóstoles, al anunciarla verdad que no proviene de los hombres sino de Dios («mi doctrina no es mía,sino del que me ha enviado»,80 esto es, del Padre), incluso actuandocon toda la fuerza del espíritu, conservan una profunda estima por el hombre,por su entendimiento, su voluntad, su conciencia y su libertad.81 De este modo, la misma dignidad de lapersona humana se hace contenido de aquel anuncio, incluso sin palabras, através del comportamiento respecto de ella. Tal comportamiento parececorresponder a las necesidades particulares de nuestro tiempo. Dado que no entodo aquello que los diversos sistemas, y también los hombres en particular,ven y propagan como libertad está la verdadera libertad del hombre, tanto másla Iglesia, en virtud de su misión divina, se hace custodia de esta libertadque es condición y base de la verdadera dignidad de la persona humana.
Jesucristosale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con lasmismas palabras: «Conoceréis la verdad y la verdad os librará».82 Estas palabras encierran una exigenciafundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relaciónhonesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; yla advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquierlibertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en todala verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos milaños, Cristo aparece a nosotros como Aquel que trae al hombre la libertadbasada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que limita,disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas raíces, en el alma delhombre, en su corazón, en su conciencia. ¡Qué confirmación tan estupenda de loque han dado y no cesan de dar aquellos que, gracias a Cristo y en Cristo, hanalcanzado la verdadera libertad y la han manifestado hasta en condiciones deconstricción exterior!
Jesucristomismo, cuando compareció como prisionero ante el tribunal de Pilatos y fuepreguntado por él acerca de la acusación hecha contra él por los representantesdel Sanedrín, ¿no respondió acaso: «Yo para esto he venido al mundo, para dartestimonio de la verdad»?83 Con estas palabras pronunciadas ante eljuez, en el momento decisivo, era como si confirmase, una vez más, la frase yadicha anteriormente: «Conoced la verdad y la verdad os hará libres». En elcurso de tantos siglos y de tantas generaciones, comenzando por los tiempos delos Apóstoles, ¿no es acaso Jesucristo mismo el que tantas veces ha comparecidojunto a hombres juzgados a causa de la verdad y no ha ido quizá a la muerte conhombres condenados a causa de la verdad? ¿Acaso cesa el de ser continuamenteportavoz y abogado del hombre que vive «en espíritu y en verdad»?84 Del mismo modo que no cesa de serlo anteel Padre, así lo es también con respecto a la historia del hombre. La Iglesia asu vez, no obstante todas las debilidades que forman parte de la historiahumana, no cesa de seguir a Aquel que dijo: «ya llega la hora y es esta, cuandolos verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues talesson los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoranhan de adorarle en espíritu y en verdad».85
III. EL HOMBRE REDIMIDO Y SU SITUACIÓN EN EL MUNDOCONTEMPORÁNEO
13. Cristose ha unido a todo hombre
Cuando, através de la experiencia de la familia humana que aumenta continuamente a ritmoacelerado, penetramos en el misterio de Jesucristo, comprendemos con mayorclaridad que, en la base de todos estos caminos a lo largo de los cuales enconformidad con las sabias indicaciones del Pontífice Pablo VI 86 debe proseguir la Iglesia de nuestrotiempo, hay un solo camino: es el camino experimentado desde hace siglos y esal mismo tiempo el camino del futuro. Cristo Señor ha indicado estos caminossobre todo cuando —como enseña el Concilio— «mediante la encarnación el Hijo deDios se ha unido en cierto modo a todo hombre».87 La Iglesia divisa por tanto su cometidofundamental en lograr que tal unión pueda actuarse y renovarse continuamente.La Iglesia desea servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrar aCristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, conla potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en elmisterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor queirradia de ella. En el trasfondo de procesos siempre crecientes en la historia,que en nuestra época parecen fructificar de manera particular en el ámbito devarios sistemas, concepciones ideológicas del mundo y regímenes, Jesucristo sehace en cierto modo nuevamente presente, a pesar de todas sus aparentesausencias, a pesar de todas las limitaciones de la presencia o de la actividadinstitucional de la Iglesia. Jesucristo se hace presente con la potencia de laverdad y del amor, que se han manifestado en Él como plenitud única eirrepetible, por más que su vida en la tierra fuese breve y más breve aún suactividad pública.
Jesucristoes el camino principal de la Iglesia. Él mismo es nuestro camino «hacia la casadel Padre»88 y es también el camino hacia cadahombre. En este camino que conduce de Cristo al hombre, en este camino por elque Cristo se une a todo hombre, la Iglesia no puede ser detenida por nadie.Esta es la exigencia del bien temporal y del bien eterno del hombre. LaIglesia, en consideración de Cristo y en razón del misterio, que constituye lavida de la Iglesia misma, no puede permanecer insensible a todo lo que sirve alverdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer indiferente a lo quelo amenaza. El Concilio Vaticano II, en diversos pasajes de sus documentos, haexpresado esta solicitud fundamental de la Iglesia, a fin de que «la vida en elmundo (sea) más conforme a la eminente dignidad del hombre»,89 en todos sus aspectos, para hacerla«cada vez más humana».90 Esta es la solicitud del mismo Cristo,el buen Pastor de todos los hombres. En nombre de tal solicitud, como leemos enla Constitución pastoral del Concilio, «la Iglesia que por razón de su ministerioy de su competencia, de ninguna manera se confunde con la comunidad política yno está vinculada a ningún sistema político, es al mismo tiempo el signo y lasalvaguardia del carácter trascendente de la persona humana».91
Aquí setrata por tanto del hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No setrata del hombre «abstracto» sino real, del hombre «concreto», «histórico». Setrata de «cada» hombre, porque cada uno ha sido comprendido en el misterio dela Redención y con cada uno se ha unido Cristo, para siempre, por medio de esteministerio. Todo hombre viene al mundo concebido en el seno materno, naciendode madre y es precisamente por razón del misterio de la Redención por lo que esconfiado a la solicitud de la Iglesia. Tal solicitud afecta al hombre entero yestá centrada sobre él de manera del todo particular. El objeto de esta premuraes el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permaneceintacta la imagen y semejanza con Dios mismo.92 El Concilio indica esto precisamente,cuando, hablando de tal semejanza, recuerda que «el hombre es en la tierra laúnica criatura que Dios ha querido por sí misma».93 El hombre tal como ha sido «querido» porDios, tal como Él lo ha «elegido» eternamente, llamado, destinado a la gracia ya la gloria, tal es precisamente «cada» hombre, el hombre «más concreto», el«más real»; este es el hombre, en toda la plenitud del misterio, del que se hahecho partícipe en Jesucristo, misterio del cual se hace partícipe cada uno delos cuatro mil millones de hombres vivientes sobre nuestro planeta, desde elmomento en que es concebido en el seno de la madre.
14. Todoslos caminos de la Iglesia conducen al hombre
La Iglesiano puede abandonar al hombre, cuya «suerte», es decir, la elección, la llamada,el nacimiento y la muerte, la salvación o la perdición, están tan estrecha eindisolublemente unidas a Cristo. Y se trata precisamente de cada hombre deeste planeta, en esta tierra que el Creador entregó al primer hombre, diciendoal hombre y a la mujer: «henchid la tierra; sometedla»;94 todo hombre, en toda su irrepetiblerealidad del ser y del obrar, del entendimiento y de la voluntad, de laconciencia y del corazón. El hombre en su realidad singular (porque es«persona»), tiene una historia propia de su vida y sobre todo una historiapropia de su alma. El hombre que conforme a la apertura interior de su espírituy al mismo tiempo a tantas y tan diversas necesidades de su cuerpo, de suexistencia temporal, escribe esta historia suya personal por medio de numerososlazos, contactos, situaciones, estructuras sociales que lo unen a otroshombres; y esto lo hace desde el primer momento de su existencia sobre la tierra,desde el momento de su concepción y de su nacimiento. El hombre en la plenaverdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario ysocial —en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y decontextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación, o pueblo (yposiblemente solo aún del clan o tribu), en el ámbito de toda la humanidad— estehombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimientode su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, caminotrazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misteriode la Encarnación y de la Redención.
A estehombre precisamente en toda la verdad de su vida, en su conciencia, en sucontinua inclinación al pecado y a la vez en su continua aspiración a laverdad, al bien, a la belleza, a la justicia, al amor, a este hombre tenía antesus ojos el Concilio Vaticano II cuando, al delinear su situación en el mundocontemporáneo, se trasladaba siempre de los elementos externos que componenesta situación a la verdad inmanente de la humanidad: «Son muchos los elementosque se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombreexperimenta múltiples limitaciones; se siente sin embargo ilimitado en sus deseosy llamado a una vida superior. Atraido por muchas solicitaciones, tiene queelegir y renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo queno quiere hacer y deja de hacer lo que quería llevar a cabo. Por ello siente ensí mismo la división que tantas y tan graves discordias provocan en lasociedad».95
Este hombrees el camino de la Iglesia, camino que conduce en cierto modo al origen detodos aquellos caminos por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre—todo hombre sin excepción alguna— ha sido redimido por Cristo, porque con elhombre —cada hombre sin excepción alguna— se ha unido Cristo de algún modo,incluso cuando ese hombre no es consciente de ello, «Cristo, muerto yresucitado por todos, da siempre al hombre» —a todo hombre y a todos loshombres— «... su luz y su fuerza para que pueda responder a su máximavocación».96
Siendo pueseste hombre el camino de la Iglesia, camino de su vida y experienciacotidianas, de su misión y de su fatiga, la Iglesia de nuestro tiempo debe ser,de manera siempre nueva, consciente de la «situación» de él. Es decir, debe serconsciente de sus posibilidades, que toman siempre nueva orientación y de estemodo se manifiestan; la Iglesia, al mismo tiempo, debe ser consciente de lasamenazas que se presentan al hombre. Debe ser consciente también de todo lo queparece ser contrario al esfuerzo para que «la vida humana sea cada vez máshumana»,97lo que es contrario a aquel proceso. para que todo lo que compone esta vidaresponda a la verdadera dignidad del hombre. En una palabra, debe serconsciente de todo
15. De quétiene miedo el hombre contemporáneo
Conservandopues viva en la memoria la imagen que de modo perspicaz y autorizado ha trazadoel Concilio Vaticano II, trataremos una vez más de adaptar este cuadro a los«signos de los tiempos», así como a las exigencias de la situación que cambiacontinuamente y se desenvuelve en determinadas direcciones.
El hombreactual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por elresultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de suentendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta múltipleactividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a veces imprevisible enobjeto de «alienación», es decir, son pura y simplemente arrebatados a quienlos ha producido; pero, al menos parcialmente, en la línea indirecta de susefectos, esos frutos se vuelven contra el mismo hombre; ellos están dirigidos opueden ser dirigidos contra él. En esto parece consistir el capítulo principaldel drama de la existencia humana contemporánea en su dimensión más amplia y universal.El hombre por tanto vive cada vez más en el miedo. Teme que sus productos,naturalmente no todos y no la mayor parte sino algunos y precisamente los quecontienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan serdirigidos de manera radical contra él mismo; teme que puedan convertirse enmedios e instrumentos de una autodestrucción inimaginable, frente a la cualtodos los cataclismos y las catástrofes de la historia que conocemos parecenpalidecer. Debe nacer pues un interrogante: ¿por qué razón este poder, dado alhombre desde el principio —poder por medio del cual debía él dominar la tierra98— se dirige contra sí mismo, provocandoun comprensible estado de inquietud, de miedo consciente o inconsciente, deamenaza que de varios modos se comunica a toda la familia humana contemporáneay se manifiesta bajo diversos aspectos?
Este estadode amenaza para el hombre, por parte de sus productos, tiene varias direccionesy varios grados de intensidad. Parece que somos cada vez más conscientes delhecho de que la explotación de la tierra, del planeta sobre el cual vivimos,exige una planificación racional y honesta. Al mismo tiempo, tal explotaciónpara fines no solamente industriales, sino también militares, el desarrollo dela técnica no controlado ni encuadrado en un plan a radio universal yauténticamente humanístico, llevan muchas veces consigo la amenaza del ambientenatural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la naturaleza y loapartan de ella. El hombre parece, a veces, no percibir otros significados desu ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un usoinmediato y consumo. En cambio era voluntad del Creador que el hombre sepusiera en contacto con la naturaleza como «dueño» y «custodio» inteligente ynoble, y no como «explotador» y «destructor» sin ningún reparo.
El progresode la técnica y el desarrollo de la civilización de nuestro tiempo, que estámarcado por el dominio de la técnica, exigen un desarrollo proporcional de lamoral y de la ética. Mientras tanto, este último parece, por desgracia, habersequedado atrás. Por esto, este progreso, por lo demás tan maravilloso en el quees difícil no descubrir también auténticos signos de la grandeza del hombre quenos han sido revelados en sus gérmenes creativos en las páginas del Libro delGénesis, en la descripción de la creación,99 no puede menos de engendrar múltiplesinquietudes. La primera inquietud se refiere a la cuestión esencial yfundamental: ¿este progreso, cuyo autor y fautor es el hombre, hace la vida delhombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, «más humana»?; ¿la hace más«digna del hombre»? No puede dudarse de que, bajos muchos aspectos, la hagaasí. No obstante esta pregunta vuelve a plantearse obstinadamente por lo que serefiere a lo verdaderamente esencial: si el hombre, en cuanto hombre, en elcontexto de este progreso, se hace de veras mejor, es decir, más maduroespiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, másresponsable, más abierto a los demás, particularmente a los más necesitados y alos más débiles, más disponible a dar y prestar ayuda a todos.
Esta es lapregunta que deben hacerse los cristianos, precisamente porque Jesucristo lesha sensibilizado así universalmente en torno al problema del hombre. La mismapregunta deben formularse además todos los hombres, especialmente los quepertenecen a los ambientes sociales que se dedican activamente al desarrollo yal progreso en nuestros tiempos. Observando estos procesos y tomando parte enellos, no podemos dejarnos llevar solamente por la euforia ni por un entusiasmounilateral por nuestras conquistas, sino que todos debemos plantearnos, conabsoluta lealtad, objetividad y sentido de responsabilidad moral, losinterrogantes esenciales que afectan a la situación del hombre hoy y en elmañana. Todas las conquistas, hasta ahora logradas y las proyectadas por latécnica para el futuro ¿van de acuerdo con el progreso moral y espiritual delhombre? En este contexto, el hombre en cuanto hombre, ¿se desarrolla yprogresa, o por el contrario retrocede y se degrada en su humanidad? ¿Prevaleceentre los hombres, «en el mundo del hombre» que es en sí mismo un mundo de bieny de mal moral, el bien sobre el mal? ¿Crecen de veras en los hombres, entrelos hombres, el amor social, el respeto de los derechos de los demás —para todohombre, nación o pueblo—, o por el contrario crecen los egoísmos de variasdimensiones, los nacionalismos exagerados, al puesto del auténtico amor depatria, y también la tendencia a dominar a los otros más allá de los propiosderechos y méritos legítimos, y la tendencia a explotar todo el progresomaterial y técnico-productivo exclusivamente con finalidad de dominar sobre losdemás o en favor de tal o cual imperialismo?
He ahí losinterrogantes esenciales que la Iglesia no puede menos de plantearse, porque demanera más o menos explícita se los plantean millones y millones de hombres queviven hoy en el mundo. El tema del desarrollo y del progreso está en boca detodos y aparece en las columnas de periódicos y publicaciones, en casi todaslas lenguas del mundo contemporáneo. No olvidemos sin embargo que este tema nocontiene solamente afirmaciones o certezas, sino también preguntas einquietudes angustiosas. Estas últimas no son menos importantes que lasprimeras. Responden a la naturaleza del conocimiento humano y más aún respondena la necesidad fundamental de la solicitud del hombre por el hombre, por lamisma humanidad, por el futuro de los hombres sobre la tierra. La Iglesia, queestá animada por la fe escatológica, considera esta solicitud por el hombre,por su humanidad, por el futuro de los hombres sobre la tierra y,consiguientemente, también por la orientación de todo el desarrollo y delprogreso, como un elemento esencial de su misión, indisolublemente unido conella. Y encuentra el principio de esta solicitud en Jesucristo mismo, comoatestiguan los Evangelios. Y por esta razón desea acrecentarla continuamente enél, «redescubriendo» la situación del hombre en el mundo contemporáneo, segúnlos más importantes signos de nuestro tiempo.
16.¿Progreso o amenaza?
Consiguientemente,si nuestro tiempo, el tiempo de nuestra generación, el tiempo que se estáacercando al final del segundo Milenio de nuestra era cristiana, se nos revelacomo tiempo de gran progreso, aparece también como tiempo de múltiples amenazaspara el hombre, de las que la Iglesia debe hablar a todos los hombres de buenavoluntad y en torno a las cuales debe mantener siempre un diálogo con ellos. Enefecto, la situación del hombre en el mundo contemporáneo parece distante tantode las exigencias objetivas del orden moral, como de las exigencias de lajusticia o aún más del amor social. No se trata aquí más que de aquello que haencontrado su expresión en el primer mensaje del Creador, dirigido al hombre enel momento en que le daba la tierra para que la «sometiese».100 Este primer mensaje quedó confirmado,en el misterio de la Redención, por Cristo Señor. Esto está expresado por elConcilio Vaticano II en los bellísimos capítulos de sus enseñanzas sobre la«realeza» del hombre, es decir, sobre su vocación a participar en el ministerioregio —munus regale— de Cristo mismo.101 El sentido esencial de esta «realeza» yde este «dominio» del hombre sobre el mundo visible, asignado a él comocometido por el mismo Creador, consiste en la prioridad de la ética sobre latécnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad delespíritu sobre la materia.
Por esto esnecesario seguir atentamente todas las fases del progreso actual: es necesariohacer, por decirlo así, la radiografía de cada una de las etapas, precisamentedesde este punto de vista. Se trata del desarrollo de las personas y nosolamente de la multiplicación de las cosas, de las que los hombres puedenservirse. Se trata —como ha dicho un filósofo contemporáneo y como ha afirmadoel Concilio— no tanto de «tener más» cuanto de «ser más».102 En efecto, existe ya un peligro real yperceptible de que, mientras avanza enormemente el dominio por parte del hombresobre el mundo de las cosas; de este dominio suyo pierda los hilos esenciales,y de diversos modos su humanidad esté sometida a ese mundo, y él mismo se hagaobjeto de múltiple manipulación, aunque a veces no directamente perceptible, através de toda la organización de la vida comunitaria, a través del sistema deproducción, a través de la presión de los medios de comunicación social. Elhombre no puede renunciar a sí mismo, ni al puesto que le es propio en el mundovisible, no puede hacerse esclavo de las cosas, de los sistemas económicos, dela producción y de sus propios productos. Una civilización con perfil puramentematerialista condena al hombre a tal esclavitud, por más que tal vez,indudablemente, esto suceda contra las intenciones y las premisas de suspioneros. En la raíz de la actual solicitud por el hombre está sin duda esteproblema. No se trata aquí solamente de dar una respuesta abstracta a lapregunta: quién es el hombre; sino que se trata de todo el dinamismo de la viday de la civilización. Se trata del sentido de las diversas iniciativas de lavida cotidiana y al mismo tiempo de las premisas para numerosos programas decivilización, programas políticos, económicos, sociales, estatales y otrosmuchos.
Si nosatrevemos a definir la situación del hombre en el mundo contemporáneo comodistante de las exigencias objetivas del orden moral, distante de lasexigencias de justicia y, más aún, del amor social, es porque esto estácomfirmado por hechos bien conocidos y confrontaciones que más de una vez hanhallado eco en las páginas de las formulaciones pontificias, conciliares ysinodales.103 La situación del hombre en nuestraépoca no es ciertamente uniforme, sino diferenciada de múltiples modos. Estasdiferencias tienen sus causas históricas, pero tienen también una granresonancia ética propia. En efecto, es bien conocido el cuadro de lacivilización consumística, que consiste en un cierto exceso de bienesnecesarios al hombre, a las sociedades enteras —y aquí se trata precisamente delas sociedades ricas y muy desarrolladas— mientras las demás, al menos ampliosestratos de las mismas, sufren el hambre, y muchas personas mueren a diario porinedia y desnutrición. Asimismo se da entre algunos un cierto abuso de lalibertad, que va unido precisamente a un comportamiento consumístico nocontrolado por la moral, lo cual limita contemporáneamente la libertad de losdemás, es decir, de aquellos que sufren deficiencias relevantes y son empujadoshacia condiciones de ulterior miseria e indigencia.
Estaconfrontación, universalmente conocida, y el contraste al que se han remitidoen los documentos de su magisterio los Pontífices de nuestro siglo, másrecientemente Juan XXIII como también Pablo VI,104 representan como el gigantescodesarrollo de la parábola bíblica del rico epulón y del pobre Lázaro.105
La amplituddel fenómeno pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismosfinancieros, monetarios, productivos y comerciales que, apoyados en diversaspresiones políticas, rigen la economía mundial: ellos se revelan casi incapacesde absorber las injustas situaciones sociales heredadas del pasado y deenfrentarse a los urgentes desafíos y a las exigencias éticas. Sometiendo alhombre a las tensiones creadas por él mismo, dilapidando a ritmo acelerado losrecursos materiales y energéticos, comprometiendo el ambiente geofísico, estasestructuras hacen extenderse continuamente las zonas de miseria y con ella laangustia, frustración y amargura.106
Nosencontramos ante un grave drama que no puede dejarnos indiferentes: el sujetoque, por un lado, trata de sacar el máximo provecho y el que, por otro lado,sufre los daños y las injurias es siempre el hombre. Drama exacerbado aún máspor la proximidad de grupos sociales privilegiados y de los de países ricos queacumulan de manera excesiva los bienes cuya riqueza se convierte de modoabusivo, en causa de diversos males. Añádanse la fiebre de la inflación y laplaga del paro; son otros tantos síntomas de este desorden moral, que se hacenotar en la situación mundial y que reclama por ello innovaciones audaces ycreadoras, de acuerdo con la auténtica dignidad del hombre.107
La tarea noes imposible. El principio de solidaridad, en sentido amplio, debe inspirar labúsqueda eficaz de instituciones y de mecanismos adecuados, tanto en el ordende los intercambios, donde hay que dejarse guiar por las leyes de una sanacompetición, como en el orden de una más amplia y más inmediata repartición delas riquezas y de los controles sobre las mismas, para que los pueblos en víasde desarrollo económico puedan no solo colmar sus exigencias esenciales, sinotambién avanzar gradual y eficazmente.
No seavanzará en este camino difícil de las indispensables transformaciones de lasestructuras de la vida económica, si no se realiza una verdadera conversión delas mentalidades y de los corazones. La tarea requiere el compromiso decididode hombres y de pueblos libres y solidarios. Demasiado frecuentemente seconfunde la libertad con el instinto del interés —individual o colectivo—, oincluso con el instinto de lucha y de dominio, cualesquiera sean los coloresideológicos que revisten. Es obvio que tales instintos existen y operan, perono habrá economía humana si no son asumidos, orientados y dominados por lasfuerzas más profundas que se encuentran en el hombre y que deciden la verdaderacultura de los pueblos. Precisamente de estas fuentes debe nacer el esfuerzocon el que se expresará la verdadera libertad humana, y que será capaz deasegurarla también en el campo de la economía. El desarrollo económico, contodo lo que forma parte de su adecuado funcionamiento, debe ser constantementeprogramado y realizado en una perspectiva de desarrollo universal y solidariode los hombres y de los pueblos, como lo recordaba de manera convincente mipredecesor Pablo VI en
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